El dramaturgo, profesor e investigador Miguel Ángel Jiménez Aguilar, analiza una de mis últimas piezas Misericordia. Con mi compañía Elsinor Teatro, dicho texto verá la luz en mayo en Madrid. Al mismo tiempo será publicado junto con las otras dos piezas que conforman, lo que yo he denominado, Trilogía acuática: Esperando el diluvio y El señor y la señora Pit. Desde aquí mi más profundo agradecimiento a Miguel Ángel por arrojar más luz en donde ni yo mismo soy incapaz de encontrarla.

 

» … Si desde sus orígenes el teatro se ha definido como un eterno conflicto, el de Carlos Herrera Carmona es sinónimo de tensión irresoluble y los suyos, unos personajes abocados a la soledad y a la permanente incomprensión del otro. El tiempo, en forma de bucle, conforma un abismal telón de fondo y se erige a la par como autor de las biografías de unos seres que se debaten entre el amor y el odio, la vida y la muerte, el ser en sí mismo o en el ser que no se es. Las relaciones de poder que cada cual precisa establecer para ser feliz, la necesidad de ser completado en el otro, el deseo de permanecer o de huir, el poder performativo de la palabra… Todo eso es el teatro de Carlos Herrera Carmona, una búsqueda constante, un permanente hacer dialógico, un volver intencionado a los mismos lugares donde se cree estar en paz con uno mismo y con el entorno. Intenso, justo, elíptico y al mismo tiempo reflexivo, elocuente y lírico. Un teatro intemporal que paradójicamente convierte el Tiempo en protagonista del drama, detenido en el presente de la escena, no por ello más real que el lastre del pasado ni la incertidumbre del mañana.

     Carlos Herrera Carmona crea unos personajes cuyas biografías llegan al lector/espectador perfectamente trazadas, y que en ningún caso son dueños de su devenir presente. Me atrevería a decir incluso que lo que el dramaturgo ofrece al público no es siquiera la parte más interesante de sus vidas -que ya lo son en el papel como en el escenario-, la más controvertida tal vez, y puede que hasta la más dramática, por cuanto acaban de asumir la derrota o están a punto de aceptarla. Lo que al autor le interesa mostrarnos, en realidad, no es sino el ajuste de cuentas entre unos seres y otros, definitivamente inadaptados, cuya verdad, que parte de la experiencia traumática vivida, fue generada a lo largo de intensos años de búsqueda frustrada, de lucha a ciegas, de impotencia ante la comprensión del absurdo que supone para ellos tener un objetivo, por qué no llamarlo felicidad, y ver que los esfuerzos por alcanzarla son inútiles, entre otras razones porque dependen del otro para poder hacerla realidad y, sobre todo, porque cuando la alcanzan, si es que alguna vez llega a ocurrir, la plenitud sigue siendo insatisfactoria. De ahí el grito desesperanzado de “misericordia”.

      La dramaturgia de Carlos Herrera Carmona es tan potente, de nuevo en el papel como en el escenario, que sospecho que la imaginería prestada de Zygmunt Bauman no representa para el autor más que una excusa para volcar de nuevo ante nosotros sus inquietudes, el temblor que le genera la existencia, esa pulsión provocada por el anhelo de encontrar el paraíso perdido, la comunión con lo ausente, lo añorado y lo que aún está por llegar. Su imposibilidad se revela así como una derrota que apenas permite renacer y, si lo hace, será fruto de la violencia, del final premeditado, de un quererse acabar porque no se puede más, solo o con la colaboración del objeto amado como brazo ejecutor.

        Carlos Herrera Carmona tampoco renuncia a los artificios escénicos: mensajes cifrados en cartas, caricias que rasgan la piel, viajes a ninguna parte, evocaciones del espacio sonoro… El lector/espectador se preguntará qué encierran los círculos que traza MAE en los interludios; si estos estarán tan vacíos como su alma; por qué la flor ha perdido su relevancia, a pesar de su belleza intacta… Esté limpia o sucia el agua, fluyente o estancada, a ras de tierra, oculta bajo la superficie o en suspensión, en Misericordia todo es nube, vapor, ebullición y al mismo tiempo peso, sudor y aplomo.

        Leo Misericordia y comprendo, entre otras muchas cosas, que pertenece a esa fracción de obras que fueron escritas para ser releídas una y mil veces; que su significación trasciende la mera contingencia del drama; que, a pesar del choque de caracteres, puedo y podré reconocerme hoy y siempre en cada uno de los personajes; y que sus palabras, como las del resto de los humanos, pueden llegar a ser letales, pero también la única munición que les queda para impedir que la vida diluya sus últimas esperanzas.»