Con la iustificatio que precede a esta colección singular, Las horas inmediatas © todo quedará aclarado. Gracias por entrar y ver cómo empezó mi relación con la Palabra. (Portada: @acarmonaphoto)

El poemario, a tu disposición, en este enlace:

https://www.carlosherreracarmona.com/wp-content/uploads/2020/04/LAS-HORAS-INMEDIATAS.pdf

“Podrían haber sido más, pero finalmente he decidido, en esta primavera inválida donde la reclusión obliga a entretenerse desempolvando lo antiguo, lo caduco y lo inservible, rescatar sólo este conjunto de poemas escritos por un servidor hace ya 30 años.

Releídos ahora, considero este puñado de versos curiosos aspirantes a lo que en su día quisieron llegar a ser: versos. Algunos de ellos -doy fe- mueren en el intento; otros, sin embargo, producen el tibio cosquilleo propio de la consabida poesía de juventud, llena de altanería a fin de enarbolar su espíritu guerrero, cuyo objetivo es coquetear con los pensamientos de bardos de más altos vuelos y quedarse -no podría ser de otra forma- a medio camino entre lo sentido y lo pretendido.

Os muestro esta colección tal cual se concibió y con total honestidad desde su folio amarillento y prácticamente sin retocar, salvo aquella ortografía descuidada, signos de puntuación que no se entienden o despistan y versos que, por ser demasiados cortos o todo lo contrario, sólo ocupan papel y han sido recolocados. Limpiar la pátina que va dejando el torpe pincel del Tiempo, a veces ni eso; un reajuste, no más.

Fueron concebidos estos poemitas durante mis primeros años universitarios. Ya en la pubertad componer me tentó. A quién no. Y también sabemos que esta afición a veces se queda en un mero pasatiempo, y otras te acompaña toda una vida como un martirio chino sin remedio. Luego vinieron más, ya no como un mecano interminable, sino como asidero fiel para no tropezar en aquellos túneles infinitos -me lo parecían- por los que yo transitaba. Fueron, eso sí, la llave para escribir teatro. No hay otra vía. Ahora sólo me dedico a la dramaturgia, pues, como le respondió Napoleón a uno cuando le hubo criticado la pérdida de Trafalgar: “No puedo estar en todas partes”.

¿Influencias? No voy a dármelas de estrambótico chaval precoz, aunque, en honor a la verdad, la más incisiva fue la de Baudelaire, con sus flores malditas; algún ramalazo de folklore andaluz -qué remedio- más por contagio indeseado que por búsqueda propia. Hubo algo de la Generación del 27, destacando a Guillén, a Salinas; algún místico que se filtró… No sé si la evocación de la fuente o del camino aparecen por el estudio de Don Antonio en COU… Y la Duda o fe extraviada, que la tomé prestada sin darme cuenta, de Dámaso Alonso y de Don Miguel. Años después llegaría implacable la escuadra de poetas ingleses y norteamericanos, haciendo estragos en mí de manera gozosa y perenne. Y una poetisa, Emily Dickinson. Pero esto ya es otro cantar…

Cuando he ido pasando estas composiciones al ordenador, he podido sentir, muy levemente, el pulso del momento exacto con el cual las escribí. Todo ello me lo guardo para mí, aunque avanzo que para nada me resultó satisfactorio, ya que todo fue soñado -lo carnal- y la supuesta nausea existencial -el tormento- la veo ahora altamente exagerada. No estaba yo cautivo como el Conde de Montecristo ni a punto de escuchar una sentencia como Jesús orando a la desesperada en el huerto de Getsemaní.

La razón por la cual los libero ahora es porque, en su momento, los receptores eran pocos y descreídos… Éramos tantos los recién llegados a Filología estribiendo compulsivamente, ansiosos por llegar al Parnaso en un santiamén… Benditos ilusos todos… Hasta que se cruzó el teatro en mi camino y la poesía quedó relegada al rincón de las oraciones. Sepan ustedes que algunos de los poemas de un servidor sí que fueron publicados en periódicos locales y revistas universitarias de aquella época, y por eso mismo aquí no los voy a mostrar. Fue sin duda la mejor fundición para mi ego actual: una mezcla de timidez cristiana y orgullo pagano, un toque de prepotencia revisable con un envoltorio de sempiterno aprendiz.

Espero y deseo encontrar en la actualidad un alma curiosa que le guste saber dónde y cómo empezó mi verbum a tomar forma para convertirse en lo que es ahora. ¿Impresionar? En absoluto. Con estos versos de calidad sospechosa, sin dejar de ser simpática y atrevida, no merece la pena. Por cierto, el título sí es contemporáneo, tomado de uno de los versos, por aquello de la realidad tan inmediata que nos está tocando vivir. Perdonad, pues faltas y yerros…”.