Afortunado por la participación con este monólogo mío “Corre, gacela, corre” en estas jornadas valientes de la Asociación Defrente LGTB de Sevilla. Gracias a mi amigo, el actor Ismael Múrtula, por iluminar a las víctimas que han sido desterradas en la oscuridad, al olvido.”Corre, gacela, corre” pertenece a una colección de teatro breve llamada “Por culpa de los tiempos“. La mayoría de las piezas están basadas en hechos reales. Trato de mostrar en ellas los horrores de una matanza inútil entre españoles. Para ello tomé como modelo a mi admirado y víctima de la Guerra Civil muerto en el exilio, Manuel Chaves Nogales. En estos tiempos de desmesura, debemos mirar hacía atrás para no consentir las persecuciones, los crímenes y las amputaciones del pensamiento del individuo que sólo trae consigo el odio por ignorancia y la muerte por placer.

El pasado 20 de octubre se representó en el Teatro Valle-Inclán (Madrid), “El detente“, de la misma colección, con Manuel Galiana y María José Alfonso en el reparto: otro suceso, otro bando y otra muerte estéril. Porque en la guerra, los hombres se salvan por el hecho de que son incapaces de pensar, como dijo Arturo Barea.

CORRE, GACELA, CORRE©

Zona 1: GERMÁN, joven en bañador.

Zona 2: Proyección: La orilla de un río. Brisa, juncos y un sol al que le cuesta brillar.

GERMÁN.-

Mi vida ha sido como una larga espera.

Nací con unas ganas enormes de amar

y la vida, desde muy pronto, rompió a dentelladas.

Me torcí.

Según lo estipulado, me desvié.

Puse todo mi empeño en enderezarme.

Mi padre también hizo todo lo que pudo

al darme todos los golpes que pudo.

Mi madre era su otro animal.

La llamaba Mi Perra Vieja, y a mí,

prefiero callármelo.

(Suena un disparo. GERMÁN cae al suelo, se incorpora, se sacude el polvo con esmero y sonríe al público. Cada vez que el joven realice esta acción, la zona 2 recibirá un impacto de luz.)

Mi madre y yo dormíamos juntos, por miedo.

Ella me rezaba al oído su Credo de cada noche:

Germán, aprende:

Hay dos tipos de golpes: unos, con sabor a cicuta y otros, con sabor a caramelo. Primero te endiñan el segundo, y como te gusta, pides más, y ya estás listo para suplicar el más dulce. Y así una y otra vez. A veces te sueltan el primero, y no te lo llegas a creer, porque te lo da quien más quieres, y sientes cómo el dolor te llega a las esquinas del alma. El peor es el que huele a fresa, y lloras, Germán, lloras mucho, porque te sabe a poco, y bajas los escalones del infierno apretando el crucifijo que llevas al cuello, y mientras te despeñas, piensas que todo pasará, y rezas para saber por qué te saben a gloria esos moratones en el alma que sólo tú puedes ver.

(Suena otro disparo. GERMÁN cae al suelo, se incorpora, se sacude el polvo con esmero y sonríe al público.)

Mi madre se quedaba dormida.

Y yo me quedaba pensando:

Soy marica.

Soy un marica de lo más vulgar.

Tan vulgar que no sé ni cantar, ni bailar, ni escribir versos.

Tampoco me visto con la ropa de mi madre, ni juego con las niñas.

Un marica que ni siquiera sabía que la guerra odiaba a los maricas.

Yo me sentía invisible,

porque nadie se fijaba en mí, ni para quererme, ni para odiarme.

Yo soñaba con poder abrazar a alguien como yo, a la orilla del río;

reposar mi cara sobre su vientre,

recorrer la curva de su cintura,

y entregarme.

Sólo eso. Entregarme.

Yo rezaba para que llegara ese día,

y ese día llegó.

(Suena otro disparo. GERMÁN cae al suelo, se incorpora, se sacude el polvo con esmero y sonríe al público.)

El pueblo estaba en fiestas. Todo era baile y mucho vino. Nadie se fijaba en lo que hacía nadie. Ni bandos, ni banderas. En este país, cuando hay pan y circo, todo se olvida.

Alguien me miró de otra manera con unos ojos profundos y de terciopelo. Me entraron ganas de vomitar, pero no por lo mal, sino porque yo nunca había sentido un golpe así. Se me quitaron las ganas de comer hasta que lo volví a ver, a él, a sus ojos. Los hombres nos buscamos con los ojos, cazamos con ellos, nos cazan con ellos. Somos así. Yo había quedado atrapado y sin escapatoria. Una mezcla absurda de miedo y felicidad.

(Suena otro disparo. GERMÁN cae al suelo, se incorpora, se sacude el polvo con esmero y sonríe al público.)

Se me puso cara de tonto… De camino al mercado me daba por sonreír a todo el mundo. La gente me decía, mira, a falta de un tonto en el pueblo, ya tenemos dos. Pero a mí me daba igual. Mi ángel de la guarda ya estaba conmigo.

Se llamaba Vicente y era del pueblo de al lado. Nos la ingeniábamos para vernos cada tarde cerca del río. Jugábamos a descubrir qué había al final de nuestras cinturas, a qué sabrían nuestros vientres si se juntaban. Pero sólo duró un mes.

(Suena otro disparo. GERMÁN cae al suelo, se incorpora, se sacude el polvo con esmero y sonríe al público.)

Un grupo de soldados nos descubrió. A Vicente le partieron la nariz, la mandíbula, tres dedos de su mano derecha y muchos dientes. Después le hundieron un ojo de una patada, le arrastraron por las piedras y saltaron sobre su espalda hasta dejarlo sin aire. Un soldado le dijo, Vicentito, es mejor que tu padre te vea así, ¿no ves que te estamos haciendo un favor, muñeco?

Y Vicente se agitaba sobre su propia sangre como un pez fuera del agua.

(Suena otro disparo. GERMÁN cae al suelo, se incorpora, se sacude el polvo con esmero y sonríe al público.)

A mí me dejaron escapar.

¡Corre, gacela, corre! ¡Refréscate en el río, que hoy estás muy caliente!

Y yo corría, me caía, me levantaba, y seguía corriendo; yo creía que a mí sí me iban a salvar, y por eso yo apretaba el crucifijo que llevaba al cuello y rezaba, porque estos soldados creen mucho en Dios. Así que yo seguía corriendo, y ellos se reían más, y yo también empecé a reirme, y me caía sin encontrar el agua, y ellos me animaban a seguir corriendo, corre, gacela, corre, que te esperan los peces de colores, y nos reíamos todos, y yo rezaba no sé qué, y me reía, y lloraba, y gritaba, y me caía, y me levantaba otra vez, y los miraba con la mejor de mis sonrisas, y ellos se quedaron de repente muy serios, y yo apreté mi crucifijo otra vez, y busqué a Dios en el punto más alto del cielo, y uno de ellos me dijo, gacela, date la vuelta, ¡salta! ¡salta!

Y la gacela obedeció. Pero no le dio tiempo a saltar.

(Suena otro disparo. GERMÁN cae al suelo, se incorpora, se sacude el polvo con esmero y sonríe al público.)

El primer golpe fue en la pierna, y toda la fe de mi Primera Comunión desapareció.

El segundo fue en el hombro, y pensé:

Cuando se entere mi madre, mi padre la perseguirá para quitarle esta vergüenza.

El tercer golpe fue el que me llevó al fondo del río.

Y luego, un millón de balas más.

Lo último que sentí fue cómo se me enfriaban los dientes.

(Suena otro disparo. GERMÁN cae al suelo, se incorpora, se sacude el polvo con esmero y sonríe al público.)

No soy ni el primero ni el último.

No me hicieron esto por escribir versos, como a otros,

ni por jugar con las niñas, ni por cantar, ni por bailar.

Yo nací con unas ganas enormes de amar.

Mi único error fue pensar que todo podía acabar bien

y que las guerras, tonto de mí, dejarían a los maricas en paz.

(Suenan varios disparos mientras GERMÁN sale de escena. Oscuro salvo en la zona 2 donde ha llegado el anochecer.)