Este verano estarán en librerías especializadas estas nuevas piezas de teatro. La presentación será en octubre en Madrid y en noviembre en el Ateneo de Sevilla.

¿Por qué ahora Grecia y Roma? Mi amiga Carlota Luna me comentó el verano pasado que por qué no escribía yo sobre el origen de la maldición de Edipo, que descubriéramos juntos, basándonos en la mitología, qué motivos le llevaron a Edipo a arrancarse los ojos. Tras esta cruzada espléndida de trabajo conjunto, ella, a cargo de la documentación, y un servidor, al cuidado del texto, nos planteamos hablar de Sabina, la esposa del emperador Adriano. Nos propusimos centrarnos en ella, en cómo fue acusada del asesinato del joven Antinoo, amante de su marido y cómo éste pudo haberla asesinado.

¿Y por qué mis nuevas obras ya no hablan de mí? Aquí os dejo las razones que aparecerán en la publicación.

LIBRE DE CARGA de Carlos Herrera Carmona

      Desde que tengo uso de razón, toda mi producción dramática, y por ende poética, ha sido un acto onanista y melancólico, aliviado por una suerte de expiación fugaz, si acaso una catarsis en absoluto sanadora. Por esta razón, estas dos piezas constituyen un punto de partida hacia una nueva forma de contar historias. Ha sido inevitable que algunas trazas, mínimas, de todo mi peregrinar anterior no aparezcan. Imposible controlar este reducto para que se desprenda de todo cuanto mi pluma logra liberar.

      Tanto “La maldición de Mírtilo” como “Sabina” destilan los tópicos enfrentados de siempre: amor/desamor, memoria/olvido, despecho/apego… y un largo etcétera por todos sabido. Gracias a la inestimable ayuda en lo que a documentación se refiere de la profesora Carlota Luna, he conseguido focalizar dichos temas en seres ajenos a mí así como situarme en un pasado distinto al mío. Disfruto ahora de tal liberación al no tener que sumergirme en asuntos que ya no me atraviesan, ni me persiguen, ni enajenan. Me alegra poder presentaros, desde esta distancia, estas obras que expertos consideran originales: la primera, por haber intentado arrojar algo de luz sobre la maldición original que llevará a Edipo a perder el juicio y a automutilarse; la segunda, por tratar de entender a la emperatriz Sabina, testigo sin voz y sin voto, en la notoria relación entre su esposo, el emperador Adriano, y el amante de éste, aquel dios hecho carne: el malogrado Antinoo.

      En este libro que ahora os presento, al tiempo que trato de olvidar cómo y para quién yo solía escribir, mis personajes me vuelven a desobedecer de nuevo y se resisten a ser olvidados. El olvido habita en algún lugar, según el bardo hispalense. Para los romanos olvidar era morir (“damnatio memoriae”). No hay mayor tortura que olvidar mientras desapareces. Es como maldecir a tu propia memoria; es como situarte en la Nada. Nada más bello que un cerezo en flor, y no hay flor más bella que la que tú mismo plantas y luego cuidas; y no hay mayor condena que ésta sea cortada de raíz. Sin raíces no puedes crecer, porque sólo con ellas bien hincadas en la humedad de la tierra puedes tocar el sol o la luna, en una palabra: soñar. De lo contrario nunca podrás ser alguien y bucearás en la Nada, o caminarás descalzo sin rumbo o sin memoria, que lo mismo es, a través de una tundra imaginaria, y sobre todo, sin Cupido tras tus huellas. Cuánto pesar, ¿verdad? Las tundras imaginarias son las más terribles puesto que no tienen fin, ni siquiera allí lograrás encontrar acantilados donde rematar tu cuento vital. En las tundras imaginarias es donde tu memoria te sale al paso y te traiciona haciéndote creer que tu amante te sueña y que tú lo sueñas mientras éste te ignora, y tú, presa de aquella ceguera justificada, has de ignorarlo porque ya has sido olvidado, y te ves fuera de lugar en la tundra, como los cerezos de Chéjov, pudriéndose pausadamente, que es el morir. Layo mata sin olvidar y muere olvidado; Crisipo cree que muriendo tres veces puede olvidar; Edipo, víctima de su soberbia, nos obliga a que jamás lo olvidemos; Mírtilo ayuda a Pélope a matar a Enómao para que Hipodamía no se olvide de él y a cambio sólo recibirá su desprecio; Hipodamía, muerta en vida, es incapaz desde el mismo Hades de olvidar a sus nietos descuartizados; Sabina ordena matar a Antinoo -hemos elegido la versión más suculenta y la más razonable- pero su memoria le ganará la partida al olvido. Por su parte, Adriano morirá lentamente, se arrriesgará incluso a ser olvidado: su pasión por Antinoo casi convierte a Roma en una desmemoriada para con su legado. Tanto Sabina como él mismo se debaten en sus monólogos para convertirse a su vez en desmemoriados mientras muere su forzada alianza.

      La historia y los autores nos resistimos a olvidar y a que nos olviden, de ahí la tarea adictiva de sobrevivir por escrito. Toda esta galería de personajes -unos, inventados por poetas y otros, tan reales como nosotros mismos- me ha mantenido ocupado durante un año y alejado de mi realidad. Estos seres han viajado hasta nuestros días en forma de manual para enseñarnos a no desfallecer ante los estragos de Eros y Tánatos. Nada nuevo bajo sol, salvo mi nueva forma de contar historias.